Si el primer día nuestra mesa era un lío de bocetos, ahora mismo es un campo de batalla de cables, placas y piezas que han salido de la impresora 3D (algunas bien y otras que han ido directas a la basura, para qué os vamos a engañar).
Llevamos unas semanas a tope con el Smart Hospital y la verdad es que está siendo un reto mucho más grande de lo que pensábamos. Al final nos hemos dado cuenta de que un hospital inteligente no es solo poner un robot y ya está, sino que todo tiene que funcionar a la vez.
¿Cómo lo estamos haciendo?
Lo primero fue pelearnos con el diseño en 3D. Hemos pasado horas retocando piezas para que encajaran y, aunque a veces la impresora nos ha dado algún susto, ya por fin se ve la forma de lo que estamos montando. Ahora estamos en la fase que más nos está costando: la programación. Pelearnos con el código para que los sensores reaccionen cuando queremos y no cuando les da la gana está siendo intenso, pero cuando ves que algo se mueve por primera vez después de varios días buscando un fallo… esa sensación es increíble.
Lo más difícil de este proyecto es que nos hemos dividido el trabajo por grupos, pero al final todo tiene que estar conectado. Unos están con la parte de logística, otros con el cuidado de los pacientes y otros con que el hospital sea sostenible y no gaste energía a lo loco. Lo complicado es que si el sensor de un grupo falla, afecta a lo que está haciendo el otro. Nos toca hablar mucho entre nosotros para que el hospital sea un sistema completo y no piezas sueltas.
Si algo hemos aprendido estas semanas es que las cosas no salen a la primera. Hemos tenido que repetir códigos, cambiar conexiones y volver a diseñar piezas que parecían perfectas en la pantalla pero luego no servían. Pero bueno, ya queda menos para el festival y ver que esa idea que parecía una locura al principio ya empieza a tener forma nos motiva un montón.
¡Seguimos dándole caña!
